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LA SCALA: SOBRE SANT'AMBROGIO, EL LOGGIONE, LA TRAVIATA Y RICCARDO CHAILLY. Por Raúl Chamorro

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Autor: Raúl Chamorro Mena
19 de diciembre de 2013
LA SCALA: SOBRE SANT'AMBROGIO, EL LOGGIONE, LA TRAVIATA Y RICCARDO CHAILLY.

   El día 7 de Diciembre se conmemora la festividad de Santo Ambrogio, patrón de la ciudad de Milán y constituye la tradicional apertura de la temporada del Teatro alla Scala. El mítico teatro, gran templo de la ópera italiana, se inuguró el día 3 de agosto de 1778 conforme al diseño de Giuseppe Piermarini, con una representación de la ópera "L'Europa Riconosciuta" de Antonio Salieri. La mencionada fecha del 7 de diciembre es clave en el calendario operístico anual y para los artistas que tienen el privilegio de intervenir en ella, convergen dos particularidades o sensaciones. Por un lado, el inmenso orgullo y prestigio que otorga actuar sobre el escenario Scaligero en tan señalada fecha y por otro, el verse sometido a la inmensa exigencia del público -particularmente los tifosi del temido loggione (la galería o "gallinero"), sobretodo si se trata de una ópera italiana la que se representa, lo que es lo más habitual para inaugurar la temporada. Efectivamente, ese público se considera "guardián" de las esencias del canto, la ópera italiana en general y la verdiana en particular y desde luego, que a lo largo de la historia se le pueden achacar injusticias, veleidades, caprichos y chauvinismo. En muchas ocasiones el alboroto está "cantado" (y nunca mejor dicho) con antelación. Un comportamiento, el de los sectores más duros de la llamada Sala Piermarini, equiparable, para que sirva de ejemplo, al de los más exigentes de la Plaza de las Ventas de Madrid (el tendido
del siete). En ambos casos se les pueden achacar excesos, intransigencias, filias y fobias caprichosas, pero resultan necesarios para mantener el nivel de exigencia máxima que deben tener la primera plaza del mundo en ópera (La Scala de Milán) y en el mundo taurino (Las Ventas de Madrid).

   La ausencia de italianos entre los intérpretes o la aparición de cantantes con escaso bagaje, pero que llegan con gran apoyo mediático como si fueran estrellas, sin la debida sanción de la cátedra milanesa, han tenido normalmente como consecuencia prácticamente asegurada, encontrarse al loggione de uñas y "con la escopeta cargada". Así podríamos citar el debut de una jovencísima Katia Ricciarelli con 26 años cantando Suor Angelica en 1973. Llegó con una fama tremenda y muchos fans. Había ganado importantísimos concursos y paseado su belleza y arte canoro por la televisión. Claro, la estaban "esperando". Al concluir su gran aria "Senza Mamma" sus seguidores desencadenaron una gran ovación, que superó en volumen y tiempo lo que consideraban justo y apropiado los sectores más exigentes, que respondieron con protestas y gritos que lograron acallar la ovación. Otros casos a citar y que hoy pueden considerarse sorprendentes, son, por ejemplo, los abucheos a Carlos Kleiber
en su inconmensurable Otello de 1976, que inauguraba temporada, los cuales, incluso, pueden escucharse en la grabación audio y vídeo disponible. Por no hablar de los escándalos con Montserrat Caballé por la Turandot que no cantó ese mismo año y por la Bolena que sí cantó en 1982 y que provocaron la marcha de la diva española, dejando como sustituta a una joven Cecilia Gasdia que fue encumbrada en exceso sólo por fastidiar a la gran soprano catalana. Tampoco todo un Carlo Bergonzi se libró de las protestas en la Sala Piermarini por un Radamés o, no olvidemos, el escándalo de aquella Traviata en los sesenta con Mirella Freni y dirección de Karajan. Los "viudos" de la Callas no estaban dispuestos a aceptar otra Violetta posible y consiguieron que esta ópera no se representara en La Scala en 30 años. También fue noticia en su día la contestación a Roberto Alagna al terminar el aria "Celeste Aida" y que provocó una inadmisible reacción del tenor, que abandonó el escenario en plena función, teniendo que salir un sustituto (Antonello Palombi) ataviado en vaqueros. Grace Bumbry en una Tosca, Luciano Pavarotti en una Favorita y un Don Carlo, Renée Fleming en Lucrezia Borgia, Cecilia Bartoli etc... también han sido blanco de las protestas del loggione scaligero.
   Con el paso de los años y a pesar de mostrarse en principio refractaria a todo ello, el Teatro alla Scala no ha podido mantenerse al margen de las nuevas tendencias en la dirección de escena operística, lo que ha añadido más polémica, así como razones para las protestas y los escándalos. Asimismo, después de dos monumentales períodos a cargo de la dirección musical del teatro protagonizados por dos colosos de la talla de Claudio Abbado (titular de 1968 a 1986) y Riccardo Muti (titular de 1986 a 2005), la dirección de orquesta y la situación de los cuerpos estables en inexorable decadencia desde la marcha del titán napolitano, han añadido nuevos argumentos para la contestación y la controversia. La llegada de un magnífico director wagneriano como Daniel Barenboim, escasamente afín a la ópera italiana, no ha sido la mejor elección. Su estatus ha sido el de "Maestro Scaligero" y no el director titular con todas las letras (quizás porque hubiera sido el primer no italiano en el cargo, después de nombres como Toscanini, Serafin, De Sabata, Giulini, Gavazzeni o los citados Abbado y Muti) y sus interpretaciones de óperas de Verdi han resultado más que discutibles y protestadas. Pero lo más grave ha sido la continuada pérdida de identidad de los cuerpos estables del Teatro, tradicionalmente absolutamente imbatibles en repertorio italiano, así como la desmotivación y el desconcierto.

   Así, hemos llegado al Santo Ambrogio de este año 2013 con una ópera tan legendaria como "La Traviata". La combinación del mítico título del coloso Verdi en su bicentenario, inauguración de temporada, reparto sin italianos entre los protagonistas, director de escena polémico (Tcherniakov) y director de orquesta (Daniele Gatti) italiano sí, pero que ya fue protestado en su última actuación scaligera en Don Carlo, había prever que el escándalo estaba asegurado. Finalmente, las protestan se han centrado especialmente en Gatti, que, desde luego, últimamente parece más aclamado y centrado en Wagner que en Verdi y en el tenor polaco Piotr Beczala que no ha encajado muy bien las mismas, colocando un mensaje a modo de pataleta en las ínclitas y cada vez más perniciosas redes sociales. Resulta contraproducente, equivocado y censurable que un profesional encaje tan mal unos abucheos en un Teatro como La Scala, en fecha tan señalada y sobretodo, cuando artistas tan extraordinarios como los citados en este escrito y muchos otros los han recibido y han seguido acudiendo al gran coliseo milanés, llegando a formar parte de la historia del mismo. Además, el público es soberano y cuando uno sube a un escenario no tiene garantizado el éxito y las ovaciones, sino que debe estar preparado para las muestras de disconformidad, especialmente, en recintos de tanta exigencia. Mejor le iría la autocrítica, toda vez que este tenor en sus últimas actuaciones no estaba dando síntomas, precisamente, de estar en su mejor momento vocal.
   La confirmación del nombramiento como nuevo titular a partir de 2014 del magnífico maestro Riccardo Chailly, dentro de la nueva etapa con Alexander Pereira como sobreintendente, no puede ser mejor noticia de cara al futuro del mítico Teatro y, especialmente, de la recuperación de la identidad, rumbo, personalidad, motivación y calidades de sus cuerpos estables, últimamente un tanto desnortados y que se han visto nítidamente superados por los de la Opera de Roma, gracias a la presencia del grandioso Riccardo Muti.                
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