Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Lohengrin de Wagner en la Staatsoper unter den Linden de Berlín, dirigida por Simone Young y con escena de Calixto Bieito
Bieito no logra apagar la luz de Lohengrin
Por Raúl Chamorro Mena
Berlín, 18-I-2026, Staatsoper unter den Linden. Lohengrin (Richard Wagner). Eric Cutler (Lohengrin), Elza van den Heever (Elsa de Brabante), Anja Kampe (Ortrud), Wolfgang Koch (Friedrich von Telramund), René Pape (Rey Enrique el Pajarero), Arttu Kataja (El heraldo del Rey). Staatsopernchor. Staaskapelle Berlin. Dirección musical: Simone Young. Dirección de escena: Calixto Bieito.
Durante muchos años, Lohengrin fue, de largo, la ópera más popular de Richard Wagner. El papel titular enamoró a los grandes tenores italianos y españoles y la obra logró, gracias a la versión italiana, una difusión - inalcanzable para las demás óperas wagnerianas - en Italia, Europa meridional y países de habla hispana.
Con Lohengrin Wagner otorga un broche de oro a la ópera romántica alemana, pero no deja de ser una obra llena de misterio, empezando por el que rodea a su protagonista, y en la que la música, en su mayor parte cristalina y luminosa, -excepto la escena inicial del segundo acto con Ortrud y Telramund- contrasta con un final más que triste, devastador, más que melancólico, desolador. Lohengrin marcha por la desembocadura del Río Escalda y deja detrás varios cadáveres. Por su parte, el archifamoso coro nupcial, con cuyos acordes tantas parejas han contraído matrimonio, da lugar al “divorcio” más rápido de la historia, pues el enlace entre Lohengrin y Elsa no pasa de la primera noche a causa de la insistencia de la esposa por realizar la “pregunta prohibida” respecto al origen y linaje del caballero del cisne.
La puesta en escena del español Calixto Bieito estrenada en 2020 en la Staatsoper situada en la emblemática Avenida Unter den Linden -bajo los tilos-, merece que sea despachada con brevedad. Ni provocación, ni escándalo, ni nada de nada. El burgalés parece que pretende reducir la obra en una especie de oscura y siniestra lucha política de la que Elsa, que en esta ocasión no cae exánime como marca el libreto al final de la ópera, surge triunfadora. Lo cierto es que el desarrollo de esta ocurrencia resulta torpe y confuso. El montaje contiene numerosas proyecciones y videos, que incluyen una mujer de raza negra pariendo un cisne, que carecen de sentido. ¿Qué necesidad tiene uno de que el disfrute del espléndido preludio del acto tercero se vea perturbado por unos videos absurdos y fuera de lugar?. No falta el intento, baldío, de parodiar la obra y a su protagonista con pasajes en que el coro realiza las más variadas tonterías y gestos ridículos o bien, cuando Lohengrin entra en escena con un cisne de papiroflexia en la mano. Nada de entrada mágica y épica, no faltaba más. En fin, más allá del trabajo que se infiere con los artistas y que los mismos cantan, afortunadamente, en la parte delantera del escenario, poco positivo puede decirse de una puesta en escena más que fallida.
El tenor Eric Cutler fue un protagonista de escasísimo interés, Tanto por el timbre genérico, sin calidad, ni squillo, por el fraseo, insulso y aburrido y por la ausencia de carisma en escena. Lo mejor que puede decirse del tenor estadounidense es que demuestra una base musical, nunca ladra y canta con cierto decoro.
Era la primera vez que escuchaba en teatro a la soprano Elza van den Heever y la impresión fue un tanto decepcionante. La voz de soprano lírica ancha es de calidad, especialmente por el caudal generoso y la amplitud y redondez del centro. Ello le permitió dominar el concertante del final del primer acto y las demás escenas de conjunto. Sin embargo, la deficiencia técnica se apreció en la ausencia de pasaje de registro, la voz no gira, por lo que la soprano aborda las notas altas con tensión, esfuerzo y presión. Igualmente, los intentos de apianar o filar, se resuelven en notas sin correcto apoyo, caídas de posición y por tanto, destimbradas. En escena, la Van den Heever acreditó temperamento y compromiso dramático, en una Elza con carácter y manipuladora.
El veterano René Pape, a pesar del desgaste tímbrico y una franja aguda endurecida y esforzada, sigue demostrando emisión canónica, homogeneidad, canto de escuela y fraseo bien torneado. Respecto al Telramund de Wolfgang Koch, cabe destacar la voz sonora pero de timbre tan vulgar como su canto, así como la vehemencia de sus acentos y su labor actoral.
Anja Kampe, avezada intérprete wagneriana, lució sus armas de cantante temperamental y entregada, en una Ortrud de gran intensidad y voltaje. Si bien en su intervención al final de la obra -que el Sr. Bieito la obliga a afrontar como si estuviera borracha- fragmento de bravura y exigente en la zona alta, se encontró superada escuchándose algunas notas abiertas y cercanas al grito. Pésimo por timbre árido, emisión retrasada y escasa proyección, el Heraldo de Arttu Kataja.
El coro es importantísimo en Lohengrin, a modo de coro griego en su encarnación del pueblo que comenta, subraya y apostilla y se benefició de una interpretación espléndida por parte del coro de la Staatsoper. Simone Young recibió división de opiniones al entrar después de la primera pausa. Posteriormente, fue mayoritariamente ovacionada. Por mi parte, me pareció una dirección musical muy estimable de la australiana. Pudieron faltar mayores detalles y sutilezas, pero mantuvo el adecuado equilibrio sonoro con el escenario, además de demostrar sentido teatral y tensión narrativa. Además, la magnífica orquesta sonó de manera excelente, con transparencia, diáfanas texturas y sonido aquilatado.
Fotos: Monika Rittershaus
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