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CRÍTICA: 'IL PRIGIONIERO' DE DALLAPICCOLA Y 'SUOR ANGELICA' DE PUCCINI EN EL TEATRO REAL DE MADRID

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Autor: Alejandro Martínez
17 de noviembre de 2012
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RETRATOS DE UNA LIBERTAD CULPABLE

Teatro Real. 15/11/12

      José Luis Téllez apuntaba con acierto que hay muchos más vínculos de los que a priori cupiera prever entre el dodecafonismo de Dallapiccola y el romanticismo de Puccini. O dicho de otra manera: la yuxtaposición de ambas obras desvela, por un lado, hasta qué punto es moderno y vanguardista el lenguaje del último Puccini, tan próximo a veces al impresionismo de Pelléas et Mélisande; y por otro lado nos muestra de qué manera pervive en la partitura de Dallapiccola la tradición de la opera italiana, ligada siempre al drama del romanticismo y a la melodía como clave formal de su expresión. Como decía Lluis Pasqual en una entrevista, de algún modo "Il Prigioniero es Puccini pasado por Ferran Adriá".
      De tal modo que el inicial escepticismo ante la extraña pareja de títulos que se daban cita en este programa doble se transmuta finalmente en asentimiento ante al acierto de su encuentro. Y es que más allá de los vínculos que podamos tender por mor de su leguaje musical, ambas obras se encuentran también en un nexo temático, dando cauce a un común lamento, a un ansia compartida, a una constricción coincidente. En este sentido, es un acierto la común escenografía de Paco Azorín, que se enmarca en la propuesta dramática de Lluis Pasqual, haciendo las veces de alegoría de una Iglesia que, en ambas óperas, amenaza con la culpa y tienta con una falsa esperanza de libertad (recordemos el "¡Expiación, expiación!" que dice la Zia Principessa, y asimismo toda la relación del prisionero con el carcelero).
       De algún modo inquietante, esa estructura carcelaria circular recrea la ilusión totalitaria de un panóptico benthamiano que todo lo ve y lo escucha ("Cada palabra la escucha la Virgen Piadosa", dice la abadesa) y se convierte así en escenario idóneo para las experiencias dispares pero en fin comunes de los protagonistas de Il Prigioniero y Suor Angelica. Tanto el figurinismo de Isidre Prunés como la iluminación de Pascal Mérat contribuyeron a un espectáculo muy solvente en el apartado escénico, a pesar de su austeridad. 
      En el apartado vocal, notable impresión la que dejó Vito Priante como protagonista del título de Dallapiccola, con un instrumento sólido, bien timbrado, y un convincente empaque escénico. Una voz que sería interesante valorar en otros repertorios, como el Mozart que a menudo frecuenta (ha sido Figaro, Leporello y Guglielmo en diversos teatros europeos de importancia). Junto a él una Deborah Polaski en franca decadencia y seguramente ante una partitura que no le permite sacar partido de lo mejor de sus mermadas facultades. Como ahora veremos, fue algo mejor su desempeño en el titulo de Puccini.

      Generalmente, el éxito de una representación de Suor Angelica recae en buena parte en la presencia de una gran soprano, como las Freni o Scotto del pasado o como Frittoli en nuestros días. En el caso de la soprano rusa Veronika Dzhioeva, no puede decirse que nos encontrásemos ante una gran voz, pero sí al menos ante una cantante sensible y comunicativa, capaz de emocionar en el "Senza mamma" y en el tramo último de la representación, que es sin duda una muestra sobresaliente del arte de ese genial manipulador emocional que era Puccini, capaz de hacernos llorar cuándo y dónde quería, como si hubiese sido dotado al efecto con facultades taumatúrgicas. En este caso, como adelantábamos, encarnando a la Zia Principessa, Polaski nos recordó el enorme magnetismo que posee en escena, como en sus mejores tiempos, pero nuevamente se evidenció que su voz está ya francamente mermada de caudal y calidad y con una emisión tensa y esforzada. Afortunadamente, su implicación escénica compenso una mejorable recreación vocal. Muy solvente el resto de intervinientes femeninas (María Luisa Corbacho, Marina Rodríguez-Cusí, Itxaro Mentxaka, Auxiliadora Toledano, Anna Tobella, etc.).
      En cualquier caso, lo mejor de la noche nos lo deparó un foso inspirado bajo la tutela de Ingo Metzmacher. No sólo demostró su maestría al mando de un titulo afin a su repertorio mas familiar, como era el caso de Il Prigioniero, sino que ofreció una lectura sensacional de Suor Angelica, desentrañando con maestría todas las texturas de la valiosísima orquestación de Puccini. Fue el suyo aquí un enfoque sutil, intimista, lleno de dinámicas y contención. Sensacional. Ojalá Metzmacher vuelva pronto al foso del Teatro Real. En ambos títulos disfrutamos además de una magnifica prestación coral, tanto del Coro Intermezzo como de los Pequeños Cantores de la JORCAM, bajo la dirección, siempre esmerada, de Andrés Máspero y Ana González, respectivamente. En resumen, pues, un espectáculo completo, intenso y musicalmente solvente si bien no vocalmente inolvidable.
      En los últimos días, en diversos medios se ha comentado las dificultades en taquilla de este programa doble, vinculando la reflexión con los gustos predominantes del publico madrileño, que pareciera de entrada reluctante al lenguaje de Dallapiccola y afin al de Puccini. Sobre este asunto me gustaría sumar otra reflexión, seguramente complementaria de las anteriores. En alguna ocasión he planteado, con tanta ironía como convencimiento, que hay dos tipos de público en torno a la ópera, probablemente extensibles, como tipología, al publico de cualquier otra manifestación escénica o dramática: por un lado el público que va al teatro como quien va a un McDonalds o a un Starbucks, esto es, en busca de un producto que ya conoce de antemano, ansiando el mero cumplimiento de sus expectativas; y por otro lado, el público que acude abierto a la sorpresa, expectante, libre de conjeturas previas, buscando conmoverse y sentirse sacudido por la sorpresa y la incertidumbre a la salida del teatro.
      No se trata de establecer, recurriendo a maniqueismos fáciles, cuál sea la mejor actitud, pues cada uno es muy libre de ir al teatro con las motivaciones que escoja, pero sí me permito oscilar la balanza hacia la que sí se me antoja más deseable, que es por supuesto la segunda. ¿O acaso ningún espectador previamente convencido de que Il Prigioniero no le iba a gustar terminó finalmente conmovido ante el desenlace de la ópera? De eso se trata, precisamente. Si la ópera, como las demás artes escénicas, desempeña alguna función en nuestras vidas, creo que ésta tiene mucho más que ver con la posibilidad de la emancipación por la estética que con el mero entretenimiento complaciente.

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