Crítica de Jon González de la ópera Tancredi, de Rossini, en la Ópera de Roma, bajo la dirección escénica de Emma Dante y musical de Michele Mariotti
Oh patria! Dolce e ingrata patria! Alfine a te ritorno!
Por Jon González
Romam, 22-V-2026. Teatro Costanzi. Carlo Vistoli (Tancredi), Martina Russomano (Amenaide) Enea Scala (Argirio) Luca Tittoto (Orbazzano), Ekaterine Buachidze (Isaura), Maria Elena Pepi (Roggiero) Orquesta y Coro del Teatro de la Ópera de Roma. Dirección de escena: Emma Dante. Dirección Musical: Michele Mariotti.
«Cuando Rossini creó la divina partitura de Tancredi, halló ese justo medio de riqueza y de lujo que ornamenta la belleza sin taparla, sin recargarla de vanos adornos (…) todo es simple y puro. No hay lujo ninguno: es el genio en toda su pureza». Así se refiere Stendhal en su Vida de Rossini al Tancredi.
Y es que el cisne de Pésaro, que tenía apenas 20 años cuando, en 1813, estrenó en el Teatro de La Fenice de Venecia este melodramma eroico basado en la obra homónima de Voltaire, muestra con esta partitura una inusitada madurez compositiva que sienta las bases del desarrollo que se dará en la ópera italiana en las siguientes décadas, con una síntesis y mayor coherencia narrativa a las formas preestablecidas hasta el momento en el género. Más aún si tenemos en cuenta el final dramático escrito por Rossini para su estreno en Ferrara unos pocos meses después, que fue el interpretado en estas representaciones romanas, y que muestra una modernidad y audacia tal que abriría el camino a la concreción dramática de los periodos posteriores de la ópera.
Para la vuelta a las tablas del coliseo tiberino del Tancredi de Rossini tras 22 años de ausencia, la Ópera de Roma ha contado con dos figuras de renombre: Michele Mariotti, afianzadísima batuta en las óperas del belcantismo romántico y tardorromántico, y la directora de escena Emma Dante, que será próximamente homenajeada en la Biennale de Teatro de Venecia.
El personaje de Tancredi, que desde su estreno por la mítica contralto Adelaide Malanotte ha sido uno de los caballos de batalla de varias generaciones de mezzosopranos o contraltos rossinianas, fue interpretado esta vez por el contratenor Carlo Vistoli, que debutaba el papel.
La decisión de darle la parte a un contratenor ha sido explicada tanto por el propio Vistoli como por Michele Mariotti como un intento de darle al papel una nueva dimensión. Lo cierto es que son varios los contratenores que, últimamente, vienen cantando papeles del corpus rossiniano que han sido tradicionalmente asignados a contraltos o mezzos. Por citar el último y más reciente caso: Franco Fagioli cantando hace unas semanas el Arsace de la Semiramide en el Liceu de Barcelona. Únicamente el tiempo nos dirá si esta es una moda pasajera o el principio de una nueva convivencia de voces.
«La decisión de darle la parte a un contratenor ha sido explicada tanto por el propio Vistoli como por Michele Mariotti»
Hechas estas consideraciones, no se puede negar que el debut del contratenor se ha saldado con éxito. Vistoli posee un timbre grato, un sonido con pulpa y una voz con una especial sonoridad en la zona medio-aguda a la vez que sombrea, inteligentemente, una zona medio-grave que no le es especialmente cómoda. Maneja bien tanto el canto tendido como la coloratura, aunque en los pasajes de agilidades rápidas posee algún resabio barroco, repertorio que le es propio, con profusión de sonidos martellatos. Como interprete nunca sonó genérico haciendo un Tancredi anhelante ante el retorno a casa y doliente en toda la escena final.Vistoli se permitió algún fasto técnico muy bien realizado como una messa di voce sobre la primera nota de su recitativo de salida y un muy bien trabajado juego de dinámicas. Si en las intervenciones solistas estuvo bien, también hay que decir que encontró sus mejores momentos en los dos duos (uno por acto) con la Russomano, creando momentos de gran belleza.
La emergente Martina Russomano cantó una espléndida Amenaide. Nos encontramos ante una soprano lírica de muy bello timbre sonido corposo y morbidísimo y agudos plenos y timbrados. Además la coloratura del papel no le pone en especiales aprietos. En lo respectivo a la interpretación es una cantante expresiva y medida y que, amén de los dos estupendos duos con Vistoli ya comentados, lució a gran altura en sus dos grandes escenas solistas del segundo acto, la escena en la cárcel, cantada en la corbata y sostenida primorosamente por Mariotti, y la escena de la preghiera con cabaletta a doble vuelta de sutiles variaciones. Una cantante a no perder de vista.
«Martina Russomano, una cantante a no perder de vista»
Enea Scala no es el baritenor que pide la tremebunda parte de Argirio, el atribulado padre de Amenaide, y vocalmente se notó, algo justo por abajo y estrangulado por arriba. Mantiene una zona media sonora pero desigual. No obstante, Scala es valiente y arrojado y dice muy bien y frasea con intención pero se duda sobre si ello es suficiente para compensar tales debilidades vocales
Muy bien Luca Tittoto como Orbazzano, voz compacta y sonora de bajo-barítono con una gran habilidad para el fraseo e igualmente bien la mezzo Ekaterine Buachidze que cumplió sobradamente con su espinosa aria del segundo acto.
Espléndida la dirección de orquesta de Michele Mariotti. El director de Pésaro cantó y respiró junto a los cantantes, y ofreció un sonido ligero, refinado y transparente con momentos orquestales de gran altura. Por poner dos ejemplos: el sonido tensísimo y concitato de la obertura, y la entrada de Tancredi con las cuerdas y los vientos dibujando las olas del mar. Conjugó una narración teatral de una intensidad constante con atención a los detalles consiguiendo unos recitativos de una expresividad para enmarcar. A destacar igualmente la emocionante intensidad que consiguió en la escena final. No obstante, poco pudo hacer frente a un coro desmandado y atropellado.
«Espléndida la dirección de orquesta de Michele Mariotti»
Muy interesante la propuesta escénica de Emma Dante, en una revisitación de los teatros de marionetas recortables, con un escenario a caja abierta, cartones a modo de telón y lonas pintadas que cambiaban los distintos escenarios. Es una visión colorida, eficaz teatralmente y con los elementos escénicos reducidos al mínimo.
La Dante introduce la idea de usar a los solistas, vestidos de colores neutros, como titiriteros de sus propios personajes ataviados con trajes, yelmos y armaduras de distintos colores, a los que dan voz y movimiento. Una idea que funciona muy bien y que crea una sensación de suspensión de la realidad muy conseguida.
El movimiento escénico de masas, conformado por un nutrido coro, bailarines y actores, está muy conseguido y nunca hay sensación de atropello. Quedan muy bellas imágenes en los movimientos solistas, como la escena de la cárcel de Amenaide, con entrada en escena en procesión con los actores cargando una gran celosía a modo de barrotes, la entrada de un moribundo Tancredi sostenido sobre un haz de lanzas o el final, cuando la marioneta de Tancredi es descolgada tras expirar.
Fotos: Fabrizio Sansoni / Teatro dell’Opera di Roma
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