Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto ofrecido por Teodor Currentzis y MusicAeterna en Madrid para La Filarmónica, sociedad de conciertos
Magia interrumpida
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 5-II-2026, Auditorio Nacional. Ciclo La Filarmónica. El anillo sin palabras (Richard Wagner-arreglo de Lorin Maazel). MusicAeterna. Director: Teodor Currentzis/Ilya Gaysin.
El Ciclo La Filarmónica -ante el incomprensible boicot de otros programadores- asegura en las últimas temporadas la presencia en Madrid de uno de los músicos más interesantes de la actualidad, el greco-ruso Teodor Currentzis. La ausencia de compromiso alguno que no sea con el arte y la música en todo su esplendor, la huida de cualquier rutina o conformismo, el trabajo a fondo, con los ensayos que hagan falta, sin someterse a horarios propios de un oficinista - fuera de lugar cuando se trata de arte – caracterizan la filosofía artística de Currentzis. Para lograr llevar a cabo su planteamiento el ateniense ha huido de las orquestas prestigiosas - tantas veces acomodadas, prepotentes y poco dispuestas a riesgos y nuevas propuestas- y ha fundado dos formaciones. MusicAeterna y Utopia con músicos entregados total e incondicionalmente a su credo.
Por ello, ha sido una pena el accidentado concierto que los hados han deparado a este tan esperado evento del ciclo La Filarmónica, que había llenado el Auditorio, pues, como siempre, Currentzis crea una gran expectación. El Maestro, como ya adelantó Codalario anteayer nada más finalizar el mismo, sólo pudo dirigir poco menos de la mitad del concierto a causa de problemas de salud. Una salida a camerinos, que, en un principio iba a ser temporal - diez minutos de descanso se anunció- se convirtió en definitiva, pues al parecer el Maestro sufrió mareos y un desmayo. El evento continuó con su asistente Ilya Gaysin al frente de la formación.
Como parte de una enorme gira en la que están implicadas sus dos orquestas, el evento se centraba en una obra, El anillo sin palabras, arreglo de la monumental Tetralogía Wagneriana realizado en 1987 por el gran director de orquesta y compositor Lorin Maazel, a petición de la discográfica Telarc. Como se pueden imaginar, el asunto provocó furibundas reacciones y críticas, especialmente por parte del “Wagnerismo” más militante, una facción especialmente integrista. Que si faltan las voces, que cómo se puede meter en 75 minutos más de 14 horas de música. Efectivamente, no están las voces, pero este arreglo resalta la enorme importancia otorgada por Wagner a la orquesta -de proporciones insólitas hasta el momento- como vertebradora de todo el drama y su profundo rango sinfónico. Por supuesto, se podrán discutir los pasajes escogidos – desarrollados en el orden cronológico correspondiente- pero se encuentran los más emblemáticos y brillantes, capaces de captar la atención de quien albergue recelos y precauciones a la hora de enfrentarse a tan colosal obra, además de ofrecer fabulosa música para la sala de conciertos, con duración equiparable a una de las grandes sinfonías y que fluye sin solución de continuidad. Aunque he logrado ver seis Tetralogías completas en vivo, este arreglo me gusta y lo disfruto.
Desde el preludio, ese fluir del Rhin, Currentzis con su gesto enérgico y rotundo administró un espléndido crescendo con la orquesta entregadísima como siempre, destacando los fabulosos contrabajos y las trompas. No faltaron las audaces dinámicas y contrastes de tempo, con una espectacular, abrumadora, música del Nibelheim y un golpe de martillo de Donner, quizás excesivo, pero de un efecto indudable. Sonido vigoroso, aquilatado, rutilante de la orquesta, con unos músicos entregadísimos -esa cuerda mordía, esos metales resultaron apabullantes y segurísimos- como pudo comprobarse en La Valquiria. La pasión de los Welsungos, el preludio del segundo acto, su huida y la ira de Wotan. Intensidad y fuerza dramática siempre presentes, de tal modo que se vivía teatralmente cada momento musical. Brillantísima, radiante, vigorosa, incandescente, la cabalgata de las Valquirias. Comentario aparte merece el memorable final de La Valquiria que ofrecieron Currentzis y MusiAeterna, con unos Adioses de Wotan de gran belleza y un convenientemente resaltado clímax dramático en ese momento sublime del abrazo de Wotan a Brunilda. Currentzis, a continuación, dejó la orquesta en un susurro y se recreó en la sublime música del fuego mágico, que, efectivamente, termina de forma brusca en el arreglo de Maazel -algo que sí es especialmente discutible, a lo que se sumó el abandono de la sala, justo en ese punto, por parte del Maestro.
Como ya he explicado, después de unos minutos de incertidumbre, se anunció que Currentzis estaba totalmente indispuesto y que no regresaría. El concierto continuó con su asistente Ilya Gaysin al frente de la formación. A partir de ahí el concierto prosiguió a notable nivel, pero no se pudo evitar la sensación de anticlímax, de interrupción de la magia, pues faltaba el supremo oficiante, su carisma, su mando, su égida. Por supuesto, que MusicAeterna continuó tocando magníficamente la música de Wagner, destacando la intensidad dramática de la muerte del dragón Fafner, el amanecer en magnífico crescendo y el apasionado dúo entre Sigfrido y Brunilda de El Ocaso. Apropiadamente grandiosa resultó la llamada de Hagen a los Gibichungos y rutilante, poderosa, con unos metales cegadores y una cuerda ígnea la marcha fúnebre. No le faltó efecto al final, pero el sublime tema de la redención por el amor quedó algo corto de vuelo, de sentido transcendente para dejarle a uno sin habla y mirando al infinito, como pide esta música.
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