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Crítica: Thomas Dausgaard dirige la «Missa Solemnis» de Beethoven con la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE

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Autor: Raúl Chamorro Mena
10 de mayo de 2026

Crítica de Raúl Chamorro Mena de la Missa Solemnis de Beethoven, con la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE bajo la dirección musical de Thomas Dausgaard

Thomas Dausgaard

Más energía y tensión que espiritualidad

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 7-V-2026, Teatro Monumental. Temporada Orquesta y coro de Radiotelevisión española. Misa solemnis, Op. 123 (Ludwig van Beethoven). Rocío Pérez, soprano. Carol García, mezzosoprano. Juan Noval, tenor. Sreten Manojlovic, bajo. Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE. Dirección: Thomas Dausgaard.

   Después de las etapas llamadas “clásica” y “heroica”, la última etapa compositiva del Titán de la música Ludwig van Beethoven resultó ser toda una oda a la música. Los últimos cuartetos de cuerda, las tres sonatas finales para piano, la Novena Sinfonía y la Misa solemnis son obras maestras de plena madurez creadas desde el aislacionismo de una profunda sordera. Particularmente, el último movimiento de la Novena Sinfonía y la obra litúrgica que nos ocupa, estrenada en 1824, son un canto a la fraternidad humana, a la unión espiritual Universal. 

   La Misa Solemnis es una de las obras sinfónico-corales más monumentales jamás creadas. Una creación de apabullante grandiosidad, sublime trascendencia y hondo mensaje espiritual. Creada desde el corazón y para que llegue al corazón y en la que el genio de Bonn vierte su concepto de la divinidad y del sentido de la existencia y fraternidad humanas. 

   La obra es de una dificultad extrema, llena de contrastes, escarpada y agreste a veces, de honda espiritualidad, otras. La escritura para el coro es exigentísima, también para los cuatro solistas, que no disfrutan de ningún solo. 

   Thomas Dausgaard dirigió sin partitura, ni batuta, pero con mando al frente de una orquesta que me pareció un tanto excesiva de efectivos. El danés demostró su sentido constructivo desde el Kyrie expuesto con toda su grandiosidad; el Gloria, escarpado y tensionado y en el que el coro sacó adelante no sin los inevitables apuros, la imposible escritura. Efectivamente, en la interpretación de Dausgaard se impuso la energía, la tensión, el a veces abrupto carácter Beethoveniano, sobre el sentido espiritual y la trascendencia. La sensación de exceso de aparato orquestal y de decibelios resultó inevitable. Faltaron dinámicas, nuances, mayor transparencia en las fugas y balance con los solistas vocales. El mejor momento de esta interpretación llegó en el pasaje más recogido y espiritual de tan magna obra, el Benedictus, que estuvo bien expuesto, especialmente por el buen hacer del violín solista de Iván López, de aquilatado sonido y fraseo musical y bien calibrado.

   El coro dirigido por Illa Zaikina sacó adelante una escritura prácticamente irresoluble, con un sonido caudaloso y bien empastado, aunque falto de una mayor articulación y sin poder evitar cierta acritud en la sección femenina. 

   En cuanto a los solistas, destacó la soprano madrileña Rocío Pérez, voz ligera, muy liviana y aérea, que impuso su facilidad en las alturas para resolver la aguda escritura e imponerse en los conjuntos, así como su canto sensible y segura afinación. La barcelonesa Carol García, mezzo de sólido centro, cantante siempre musical tuvo dificultades para ser escuchada, en parte por la batuta, en parte por cierta opacidad tímbrica. Muy modesto el timbre del tenor asturiano Juan Noval, cuyos intentos de apianar se resolvieron en raquíticos falsetes. Se adivina un material de calidad y modos canoros nobles en el bajo serbio Sreten Manojlovic, pero la voz aún no está hecha, ni bien armada, más bien un tanto deshilachada y ayuna de proyección y presencia sonora.   

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