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CRÍTICA: 'LA TRAVIATA' EN LA QUINCENA MUSICAL DE SAN SEBASTIÁN, BAJO LA DIRECCIÓN MUSICAL DE PIETRO RIZZO. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
12 de agosto de 2013
Foto: Cortesía Fidelio Artist
EL BELCANTO SALVA UNA ESCENA DESNORTADA Y VACUA

La Traviata (Verdi). Kursaal, San Sebastián, 11/07/2013

    Una de las citas más destacas de la Quincena Musical de San Sebastián es el título operístico que se incluye cada año en su programación. En esta ocasión, a Donostia llegaba una Traviata recién vista en El Escorial, en una coproducción que viajará después a Pamplona (Baluarte), Oviedo y Córdoba, aunque con distintos cantantes. Debemos comenzar esta crítica con un comentario a la citada coproducción. Las coproducciones son el único futuro sostenible para la ópera, pero llama la atención que de la suma de cinco teatros e instituciones de esa talla salga como resultado una producción tan pobre como la que firma Susana Gómez.   

    Su propuesta es de una pobreza absoluta. Carece de cualquier interés, tanto en lo dramático como en lo escenográfico. Se nos vende además como una propuesta ambientada en los años 40 y 50 de la España del siglo pasado, cuando apenas el vestuario (Gabriela Salaverri) da cuenta de esa supuesta ambientación. La escenografía (Antonio López Fraga) es igualmente parca y tópica: junto a un atrezzo anecdótico, la escena la enmarca una suerte de jaula de espejos no del todo bien resuelta, a menudo iluminada deficientemente (Alfonso Malanda). La dirección de actores es entre parca y nula, teniendo extremos ridículos como las coreografías que propone realizar al coro. Así las cosas, apenas destaca el acertado detalle de un Germont que intenta comprar a Violetta con dinero en su dúo del segundo acto. Sin duda, el único instante de interés de una propuesta que, por lo demás, naufraga se mire como se mire. No es clásica ni moderna, ni todo lo contrario; simplemente carece de contenido dramático y visualmente no presenta el menor interés. Nos cuesta encontrar el atractivo al trabajo de Susana Gómez, como ya noS sucediera con su propuesta semiescenificada para Norma en Oviedo

    Desirée Rancatore, a la quien tuvimos la ocasión de entrevistar hace unos meses, tiene poco que demostrar a estas alturas de su trayectoria. Aunque seguramente, conforme su instrumento madura, deba enfrentarse a la dificultad de dejar de ser una lírico ligera de coloratura para ser más bien una lírica al uso. De algún modo, el mismo reto que en el pasado debieron afrontar voces como la de Renata Scotto o, ya en nuestros días, Mariella Devia, siempre con un concepto nítido e inmaculado del canto legato, bajo un sustento técnico impecable, netamente belcantista.
 
    Rancatore se sitúa en esa senda y estas primeras aproximaciones al rol de Violetta (Montecarlo, El Escorial, San Sebastián) dan cuenta de su valentía, aunque también son evidentes algunas carencias. Valentía porque es evidente que muy pocas sopranos se encuentran con una vocalidad ideal para el rol de Violetta, que casi se diría que requiere una soprano distinta para cada acto. Rancatore solventa el reto con inteligencia porque consigue medir las fuerzas y sacar adelante un rol que todavía no encuentra en su voz el instrumento ideal, si bien la cantante se impone por encima de ello a base de técnica e interpretación. Las grandes Violettas son aquellas que consiguen llevar la partitura a su terreno sin forzar las costuras. Así lo hicieron las grandes Traviatas del pasado siglo, de Callas a Scotto pasando por Sutherland a Caballé. Así lo sigue haciendo la inmarcesible Devia. En este mismo sentido, Rancatore consigue precisamente recrear una Violetta hecha de belcanto. La voz sigue siendo la de una ligera con alientos de lírica aquí y allá; por tanto, más ideal a priori para el primer acto y parte del tercero que para el segundo. Pero es curiosamente el segundo, el más dramático, en el que más convincente resulta, tras un primer acto en el que tarda en calentar el instrumento y donde parece creerse menos su papel en escena.
 
    Vocalmente el primer acto es el más ideal para su instrumento, pero la colocación general está un tanto reorientada, en busca de un centro más rico y nítido, y eso perjudica un tanto el sobreagudo y la coloratura. El primero sigue siendo desahogado (emitió el mi sobreagudo sin esfuerzos), pero es el de una ligera y por tanto carece de ese ímpetu, amplitud y metal que Verdi en el fondo demanda. Y la coloratura sigue siendo solvente aunque menos vertiginosa de lo que Rancatore ofrecía hace tan sólo unos meses como Lucia. No cabe atribuir esos cambios a un empeoramiento de las facultades de Rancatore sino a un leve reacomodo en el centro de gravedad sobre el que gira su emisión, más orientada ahora en busca de los sonidos centrales que en busca de un brillante sobreagudo.
    Lo mejor de Rancatore vino pues en el segundo acto, con una Violetta de gesto digno, acento seguro y que poco a poco va desvelando su tragedia ante Germont. Su 'Dite alla giovine' fue sin duda de lo mejor de la noche, en un hilo de voz emocionante, bien sostenido y acompañado por el foso. Después, en su página con Alfredo, en algunos pasajes de más explícita intensidad, como el 'Amami Alfredo', se echó de menos un timbre más caudaloso y pleno, el genuino de una lírica. Lo mismo sucede en el tercer acto, que fue sin embargo muy convincente, con una Rancatore contenida, que desgranó muy bien su escena, desde una sentida lectura de la carta ('Teneste la promesa') a un impecable 'Addio del passato', llevado con un cadencioso y logrado juego de dinámicas. Una Violetta en conjunto solvente, sostenida con valentía a base de belcanto, supliendo con ello una inadecuación de partida, la de abordar un rol para lírica partiendo del material y los fundamentos técnicos de una ligera. Rancatore sale airosa del empeño y cabe esperar que un mayor rodaje de rol termine de limar esas leves flaquezas puntuales.

     Ángel Ódena posee una de las voces de barítono más capaces y mejor timbradas del panorama español, y sin embargo se empeña una y otra vez en buscar un sonido grueso, tonante, de volumen cargante, lo que redunda en sonidos abiertos, en un vibrato ocasional y un fraseo monolítico y brusco, ayuno de acentos y contrastes. Compuso así un Germont constantemente fiero, de una sola pieza, sin aristas y vocalmente envarado. Una lástima que con esos medios no se afane en componer otro retrato más complejo y matizado. Las escasas veces que recogió la voz dio muestras de saber hacerlo cuando se toma el interés por regular y dar protagonismo al texto por encima del sonido y el volumen.

    José Bros ofrece un Alfredo ejemplar, de línea impecable, siempre belcantista y de dicción exquisita. Desgrana el texto con lirismo, con la mezcla suficiente de acentos dulces y temperamentales, recreando todos los perfiles del rol, desde el enamorado ardoroso al amante turbado y herido. No optó por subir al agudo al cierre del 'Oh, mio rimorso', como venía haciendo en otras ocasiones. Una labor en conjunto intachable. Por último, irreprochables los comprimarios, destacando el oficio de Miguel Ángel Zapater y la solvencia de Marta Ubieta y Pilar Vázquez.

    Desde el foso, Pietro Rizzo planteó una dirección bastante irregular, con frecuentes des coordinaciones entre foso y escena, con tiempos a veces atropellados, etc. No faltaron momentos más certeros, como el acompañamiento a los solistas en el dúo entre Violeta y Germont o la recreación de las páginas más líricas, amén del preludio al acto tercero. La Orquesta Sinfónica de Euskadi respondió con un sonido solvente, sobre todo en las cuerdas, más inspiradas que en otras ocasiones. Durante toda la representación las trompas ofrecieron titubeos en sus entradas, no siempre a tono. El Coro EASO, bajo la dirección de Xalba Rallo, sacó adelante una partitura ingrata y no siempre fácil, destacando por lo compactado de su timbre y su atinada afinación.
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