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Crítica: «Tristán e Isolda» en el Liceu, con Lise Davidsen, Clay Hilley  y Susana Mälkki

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Autor: Raúl Chamorro Mena
25 de enero de 2026

Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Tristán e Isolda de Wagner en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, con Lise Davidsen bajo la dirección de Susana Mälkki

«Tristán e Isolda» en el Liceu

Una Isolda que engalana la tradición wagneriana de la casa

Por Raúl Chamorro Mena
Barcelona, 23-I-2026. Gran Teatre del Liceu. Tristan und Isolde - Tristán e Isolda (Richard Wagner). Lise Davidsen (Isolda), Clay Hilley (Tristán), Brindley Sherrat (Rey Marke),  Ekaterina Gubanova (Brangania), Thomas Konieczny (Kurwenal), Albert Casals (Un marinero/Un pastor), Milan Perisic (Un timonel). Orquesta y coro titulares del Gran Teatro del Liceo. Dirección musical: Susana Mälkki. Dirección de escena: Bárbara Lluch.

   El debut de la soprano Lise Davidsen en el emblemático papel de Isolda honra la gran tradición wagneriana de Barcelona, la mayor de la Europa meridional. La noruega es un fenómeno vocal, cuyos privilegiados medios se adaptan especialmente al repertorio wagneriano. Por tanto, es de esperar que su encarnación de Isolda sea una referencia en la lírica contemporánea. La Davidsen recogió el testigo de las ilustres Isoldas que han pisado el escenario Liceístico. Nada menos que Gertrude Grob-Prandl, Martha Mödl, Christel Goltz, Astrid Varnay, Birgit Nilsson, Ingrid Bjoner, y Sabine Haas, entre otros nombres legendarios, que se suman a las más recientes Deborah Polaski, Deborah Voigt e Irene Theorin.

   Me gustaría resaltar, antes de entrar «en harina», que me sorprendió muy gratamente ver la sala del Liceo totalmente llena y con mucha gente joven. Ante una obra de larga duración y que no es fácil, se sentía el silencio con escasas toses, sin sonidos de móviles y, lo más importante, se vivía la atención e interés conque este público joven asistió al desarrollo de la obra y el sobrecogimiento ante la escena final, la sublime muerte de amor de Isolda.

«Tristán e Isolda» en el Liceu

   Asimismo, se impone subrayar que este debut de Lise Davidsen como Isolda ha sido positivo, pero, lógicamente, hay margen de mejora por delante, particularmente en cuanto a la faceta interpretativa y caracterización del personaje. La Isolda ofendida y vengativa del primer acto no terminó de perfilarse por la falta de temperamento -actualmente- de la soprano noruega, mejor en el acto segundo y, especialmente, en la Isolda transfigurada del tercero. En lo vocal, sus medios de soprano lírica ancha, apabullantes en cuanto a volumen, homogeneidad, esmalte y metal llenaron la enorme sala del Liceo. Estos medios privilegiados se benefician de la sensibilidad musical de la soprano noruega, una cantante de escuela, capaz de cantar con morbidez, control, sentido de la linea y de las dinámicas, si bien con margen también para perfilar acentos y redondear variedad e incisividad en el fraseo. Entre los bellos pianissimi escuchados resaltaría la última nota de la muerte de amor, hermosa, timbrada, bien apoyada sobre la columna de aire. Uno esperaba más de los Si naturales agudos de su relato y maldición del primer acto o los Does 5 del dúo, que fueron apreciables, sin duda, pero la Davidsen apenas «se asomó al balcón de las notas», producto seguramente de su extremada sobriedad ajena a cualquier efectismo.

   Es muy complicado, especialmente hoy día, encontrar un tenor que saque adelante un papel como el de Tristán, no fenezca en el tercer acto y, al mismo tiempo, plante cara al torrente vocal de la Davidsen. Pues bien, el coliseo de La Rambla lo ha logrado con el tenor Clay Hilley. No estamos ante un Heldentenor genuino, pero sí una voz bien emitida, de estimable proyección, con un registro agudo saludable y buen concepto del canto. Como casi todos, el norteamericano estuvo algo reservón en el primer acto, pero logró sacar adelante el inclemente tercero con nota, evitando la sensación que suele tenerse con Tristán en el último acto de que llegará la rotura de notas y el desfallecimiento.

«Tristán e Isolda» en el Liceu

   Ekaterina Gubanova canta muy bien y demostró dominar un papel como Brangäne, que tantas veces ha afrontado, pero, vocalmente, apareció en claro declive con merma de volumen, centro agujereado y emisión oscilante, particularmente perceptible y molesta en las largas notas de sus avisos en el segundo acto. Thomas Konieczny fue un Kurwenal tosco, estentóreo y vociferante, pero lució sus armas. Voz recia, robusta y de gran sonoridad, así como dotes actorales con las que encarnó ese escudero fiel, de lealtad incondicional a Tristán, que suele ganarse al público.

   Por su parte, Brindlay Sherrat como Rey Marke sonó a bajo con medios de apreciable caudal. Su timbre poco noble, franja aguda más que problemática, casi imposible, no impidieron al británico, mediante acentos y rendimiento escénico, expresar el intenso dolor desde la suprema dignidad por la traición de Tristán en su maravilloso monólogo del final del segundo acto. Seguro, sólido, Albert Casals como pastor y, sobre todo, es sus expuestas, pero bien delineadas frases con las que el joven marinero comienza vocalmente la ópera.

   Susana Mälkki, que ofreció hace un par de años un magnifico Trittico pucciniano, regresó al foso del gran coliseo de la Rambla para completar una notable labor. La finlandesa volvió a lograr que una orquesta mediocre sonara como pocas veces, poner de relieve la riqueza, colorido y complejidad armónica de la orquestación wagneriana con la mayor claridad expositiva posible. La Mälkki, en una dirección musical muy analítica y que fue de menos a más - el primer acto fue el más discutible con algún tempo errático- no dejó de lado el drama. No pide esta singular y fascinante obra, fundamentalmente estática, una teatralidad incandescente, lo esencial es resaltar el papel de la orquesta como eje vertebrador del drama y crear las apropiadas atmósferas. Un ejemplo de ello fue el misterio, la expresión de éxtasis amoroso de los amantes de la noche en el segundo acto y la inquietud de los avisos de Brangania. Igualmente, la escena final, la muerte de amor, fue un adecuado colofón al lograrse - combinación foso, escena y soprano protagonista - la dimensión trascendente de esa transfiguración de Isolda en otra dimensión, «en el infinito hálito de alma Universal, en el gran todo».

«Tristán e Isolda» en el Liceu

   La puesta en escena de Bárbara Lluch, con escasos elementos escénicos y un movimiento escénico que no pretende superar el estatismo propio de la obra, podría encuadrarse en lo que algunos llaman «minimalista». Yo la encuadraría entre las que sirven a la obra, sin ideas, pero también sin extrañas ocurrencias, lo que permite seguir la misma apropiadamente. Muy importante para todos, pero especialmente de cara a ese público joven y poco avezado que señalaba más arriba. Ni rastro de videos absurdos, ruidos o tonterías que perturbaran el disfrute de la música. A destacar el buen vestuario de Clara Peluffo y la iluminación, muy importante en el concepto del montaje, de Urs Schönebaum.

Fotos: Sergi Panizo

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