Crítica de José Antonio Cantón del recital de Vadym Kholodenko en el Festival Rafael Orozco de Córdoba
Deslumbrante Liszt
Por José Antonio Cantón
Córdoba, 30-X-2026. Teatro Góngora. XXIV Festival de Piano ‘Rafael Orozco’ de Córdoba. Recital de Vadym Kholodenko. Obras de Franz Liszt.
Entre los conciertos seleccionados en esta edición del Festival de Piano ‘Rafael Orozco’ de Córdoba, el anuncio de la presencia del pianista ucraniano Vadym Kholodenko causó máxima expectación desde ese mismo momento en los aficionados al ser tenido como una de las referencias de la programación de este evento musical, uno de los acontecimientos culturales más importantes que cada año se celebran en la ciudad califal. Si la importancia de la carrera de este pianista aseguraba y garantizaba la excelencia de su actuación, ésta se vio reforzada con el programa que presentaba dedicado monográficamente a Franz Liszt, cumbre del piano romántico y uno de los músicos más dotados de la historia a nivel de dominio polifónico.
Empezó su actuación con los Tres Estudios de concierto, S.144 orientando su expresividad en un esencial modo poético servido por una técnica prodigiosa, que llevó a darle un sentido que traspasaba su carácter funcional. En el titulado Il lamento, la coherencia de su progresión dramática creaba un clima que absorbía la atención del oyente de manera subyugante en su arrebatadora parte final en la que quedaba ya de manifiesto la enorme musicalidad del intérprete. En el segundo, La leggierezza, entró en el ámbito de la habilidad llevada al extremo de mecanismo supremo en el que la velocidad que requieren algunos de sus pasajes no estuvo contaminada por la más mínima tensión, tan frecuente en el tratamiento que de ella hacen los jóvenes pianistas. La claridad de su fraseo y sucesivos desarrollos cromáticos prevalecía sobre cualquier tipo de acción en el teclado, calculando el peso de cada dedo en décimas de segundo con una igualdad verdaderamente asombrosa. El equilibrio de ambas manos en el lirismo que empleó en el famoso Un sospiro que cierra este opus se sustentaba en una cuidad suspensión sonora producto de un exquisito uso del pedal, quedando de manifiesto cómo su poderío técnico estaba al servicio de una musicalidad de altísimo nivel.
Continuó la primera parte de su actuación con los Valses olvidados, S. 215 de los que dejó una auténtica lección emocional de sus pentagramas. En el que abre la colección, realzó cierto grado de incertidumbre nostálgica que desafiaba los postulados armónicos que se desarrollan en su discurso hasta llegar a su sorpresivo diminuendo final. En el segundo, un Allegro vivace de elegante planteamiento, Kholodenko hizo gala de un exquisito sentido contrastante entre ambas manos, realzando el juego de muñeca de la derecha que le permitía una sorprendente evolución en la manera de transmitir la particular oscilación del tempo de vals que implicaba alto grado de fantasía. Con el Allegro non troppo siguiente el pianista descubrió su faceta impresionista desarrollando una gran capacidad de color sonoro, que dejaba en el recinto del teatro una estela de sonido de la mejor aroma lisztiana no interrumpida con el advenimiento del último número de esta colección, que le sirvió al pianista para hacer una reafirmación de la grandeza del compositor como maestro del sentimiento de evocación convertido en música.
El recital entró en su momento categórico y concluyente en la magistral interpretación de la transcripción que realizó Liszt de la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz, uno de los ejemplos máximos que existen de este género de literatura pianística. Siendo fiel a los postulados sinfónicos del compositor francés, Kholodenko se adentró en el pensamiento de ambos músicos con la claridad meridiana que significa el seguimiento literal que Liszt adoptó para el piano de la obra original, imitando con gran fidelidad los diferentes colores instrumentales al crear efectos de profundidad sonora y así mantener la fuerza expresiva que requiere esta singular composición sinfónica. Su interpretación llevaba a apreciar cómo un único instrumento puede sugerir diferentes familias instrumentales de la orquesta, crear contrastes entre melodía y acompañamiento y transmitir la sensación de una extensa y variada obra de grandes dimensiones.
En el primer movimiento Kholodenko contrastó pasajes delicados con grandes explosiones sonoras mostrando un importante control técnico y expresivo, especialmente resaltando los cambios de dinámica y la distribución de las diferentes líneas de canto. Trasladó el carácter danzante del segundo con una exquisita exposición de sus figuraciones rápidas, acompañamientos rítmicos y melodías que lo caracterizan, ofreciendo un mecanismo de altísimo nivel de ligereza, flexibilidad y precisión, sin perder en momento alguno el intrínseco valor de su fraseo. Se adentró en la Scène aux champs que ocupa el tercer tiempo con un alto sentido descriptivo, logrando uno de los instantes más imaginativos de su pianismo en los que se apreciaba con mayor énfasis su enorme capacidad de grafía sonora.
La mayor carga dramática de la Marcha al suplicio propició que surgieran las mejores cualidades técnicas y musicales de este soberbio pianista, que supo crear una atmósfera de alta tensión al ofrecer todo el virtuosismo que Liszt desarrolló en este cuarto tiempo, en el que hizo todo un alarde del uso del pedal como mecanismo fundamental para lograr la máxima expresividad meta-musical, convirtiendo el sonido en verdaderas impresiones plásticas. Fue, sin duda, uno de los momentos cumbres del recital. Por último afrontó el movimiento final, Sueño de una noche de aquelarre, presentando esa sonoridad oscura, grotesca y hasta diríase sobrenatural que Liszt supo trasladar al piano, que sólo vino a normalizarse con la aparición de los reconocibles sones del Dies irae que cargaban de contraste la asombrosa conclusión de su apabullante actuación que, ante el intenso aplauso del público prolongó con la serena transcripción que realizó Ferruccio Busoni del Preludio-coral para órgano nº 10, Op. 122 de Johannes Brahms, que fue todo un dechado de búsqueda de efectos de sonido producto de una enorme concentración y un profundo recogimiento emocional, cerrando definitivamente un recital de piano de los que dejan huella en la historia del Festival.
Foto: María Cariñanos
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