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CRÍTICA: DESAFORTUNADA RECREACIÓN DE 'VIENTO ES LA DICHA DE AMOR' EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA DE MADRID. Por Arian Ortega

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Autor: Arian Ortega
27 de mayo de 2013
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MEZCLADO, NO AGITADO

Viento [es la dicha de amor], Teatro de la Zarzuela. 21/05/13. Yolanda Auyanet (Liríope), Clara Mouriz (Céfiro), Beatriz Díaz (Amor), Ruth González (Delfa), Gustavo de Gennaro (Marsias), Mercedes Arcurí (Ninfa). Alan Curtis (Dir.orquesta), Andrés Lima (Dir.Escena)

       La temporada 2012/13 del Teatro de la Zarzuela está llegando a su fin con las últimas representaciones de Viento [es la dicha de amor], que permanecerá en cartel hasta el 31 de mayo. Después de los cuatro títulos precedentes, de enorme calidad musical, consideramos que este rescate de la obra de José de Nebra ha supuesto un fracaso en toda regla. Y es que no todo podía ser perfecto, cuando el listón que había dejado Marina era tan alto.
       Corre un tiempo en el que se le da demasiada importancia al rescate de sonoridades originales, de instrumentos esencialmente barrocos, de textos inéditos y de voces de filiación barroca, algunas de ellas de dudosa calidad. Es un repertorio que ya de por sí exige de una fuerte atención por parte del público, en ese compendio de dioses, ninfas, parlatos, profundas reflexiones filosóficas, en medio de una música excesiva en recitativos e interminables da capo que se suceden de manera fugaz, sin tener tiempo a asimilarlos.
       Además de lo que comentamos, algo genérico en este repertorio, existe otra corriente aún más sorprendente, que es la de incrustar, sin ningún tipo de criterio ni orden, una serie de textos o monólogos que poco o nada tienen que ver (aunque a priori lo parezca) con la historia que escribió en su día Antonio Zamora. Y más aún, la de no respetar en ningún momento la intención de los autores, haciendo hincapié en que se trata de una dramaturgia de Andrés Lima, quien firma la dirección escénica. Una labor que termina por desconcertar al espectador con excesivo movimiento de actores, zarandeos, volteretas, maniobras circenses, efectos sonoros de masa de mezclas que en algún momento terminan por acoplarse, frases espurias, y una amplia selección de poemas de siglos diversos, incoherentes, si bien de buen calado. De entre todos nos gustaría destacar tres. El bellísimo monólogo de Segismundo en La vida es sueño, a cargo de la actriz Isabel Rodas, la única con cierto ímpetu y sentido teatral, y dos piezas de José Ángel Valente, El temblor y el fulgor, recitado entre la propia Rodas y un imposible Alberto San Juan en una burda imitación de Luis Merlo. El resto de actores recibieron abucheos al salir a saludar.

      Musicalmente la cosa tampoco funcionó, pues Alan Curtis, reputado director de música barroca, en su primer acercamiento a este título, no supo domeñar a una reducida sección de la orquesta que le planteó serios problemas en una sección de metal pueblerina y verbenera, si bien la cuerda se comportó con corrección. No es la primera vez que le vemos dirigir y por tanto nos sorprendió su escaso entusiasmo y rigor, a pesar de unos tiempos algo lentos, pero si nos preguntamos la razón de no haber contado con una agrupación barroca española de mayor calidad. Hubiera respondido con mayor fluidez.
      En el apartado vocal, afortunadamente, las cosas mejoraron, si bien la espinosa escritura de la música de Nebra, escrita en un tiempo de voces hiperbólicas con una amplia extensión, les supusieron problemas a todos. Yolanda Auyanet en la parte de Liríope exhibió una buena proyección y un instrumento sólido, con facilidad para las escalas en su primera aria "No siento, no, el estrago". En la segunda, "Seré precipitada", de tesitura endiablada, que bien nos recordó a la primera de las arias de Konstanze en el Rapto mozartiano, se lució con un timbre hermoso, limpio y una agilidad interesante hasta que bajaba al grave, un sonido sin apoyo y redondez que no desempañaba la labor de conjunto.
      La asturiana Beatriz Díaz nos pareció una cantante solvente, con notas realmente interesantes en la franja media (hasta el mi), y un agudo cuidado y afinado, que acusaba de cierta fijeza. Interesante la mezzo Clara Mouriz, que será quien participe en el Stabat Mater rossiniano la próxima temporada. Su tesitura, incomprensiblemente más aguda, no le supuso dificultades, sobre todo en un grave con cuerpo y entidad, que no obstante cambia de color respecto a la zona media/alta, lo que ocasiona un salto de registro algo brusco. De todas las cantantes fue la que mejor dominó el canto de agilidad, con fluidez y temperamento, aunque recurriera al registro de pecho en alguna ocasión. Ruth González nos pareció irresistible, como siempre, y junto al tenor Gustavo de Gennaro, liviano y de carácter, ofreció un divertidísimo dúo en la segunda jornada.
       En definitiva, pensamos que si en vez de esta agitada mezcla, se hubiera puesto atención a lo que se cantaba y se decía, y con una orquesta de mayor calidad, se hubieran alcanzado mejores cotas.
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