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CRÍTICA: PINCHAS ZUKERMAN, IVÁN FISCHER Y LA ORQUESTA DEL FESTIVAL DE BUDAPEST EN EL AUDITORIO DE OVIEDO

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Autor: Aurelio M. Seco
14 de mayo de 2012
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 Lugar: Auditorio de Oviedo. Ciclo: Concierto de clausura de los "Conciertos del Auditorio" de Oviedo 2011-12. Artistas: Pinchas Zukerman, violín. Iván Fischer, director. Orquesta del Festival de Budapest. Obras: Obertura "Coriolano" y "Concierto para violín y orquesta en re mayor" de Beethoven y "Sinfonía nº 2 " de Brahms. Fecha: 13 de mayo de 2012.

PINCHAS ZUKERMAN, EL VIOLINISTA TRANQUILO

Pinchas Zukerman es uno de los pocos violinistas de la actualidad que pueden afirmar con justicia haber heredado la tradición interpretativa de los más grandes del siglo XX. Zukerman, que tocó y aprendió al lado de Isaac Stern y que fue uno de los pocos artistas del mundo capaz de adentrarse en la misteriosa y peculiar personalidad del gran Nathan Milstein, transpira por cada poro de su piel la sabiduría técnica y la búsqueda de un ideal sonoro ahora perdido, pero muy común de ver en interpretes como Gulli, Tretiakov, Kogan o el propio Quiroga. Sobre el escenario, no deja de sorprender su personalidad, de una excentricidad blanca y entrañable que, en su no saber estar del todo,  te hace bosquejar una media sonrisa.

Viendo cómo coge su violín, uno no puede dejar de pensar en un científico, un estudioso profundo del instrumento que, tras horas de estudio y reflexión, ha encontrado la piedra filosofal de los grandes artistas. Viéndolo sobre el escenario da la impresión de ser ese gran sabio que, por una hora, ha decidido salir de su habitación, medio despistado, para mostrar al mundo su erudición. Poco importa que a la hora de saludar parezca sentirse incómodo e incluso llegue a ponerse nervioso. O que a la hora de ofrecer la propina, la toque en una esquina del escenario y elija un fragmento de una obra -La "Canción de cuna" de Brahms- que sólo a él se le ocurre elegir para, acto seguido, invitar al público a cantarla. El gesto fue un tanto absurdo, pero tan bonito que gustó. Tampoco tiene por qué sorprender que una personalidad tal, decida -¿por qué no?-, saltarse el protocolo habitual de un concierto para solista, y acompañar a la sección de violines de vez en cuando. El ciclo de "Conciertos del Auditorio" de Oviedo concluyó con uno de enorme trascendencia artística, por la extraordinaria versión ofrecida por Zukerman del "Concierto para violín  y orquesta" de Beethoven. Faltan calificativos para describir el magisterio ofrecido por el violinista. La verdadera naturaleza de Pinchas Zukerman tiene que ver sobre todo con la belleza de su sonido. Es algo característico de su perfil de violinista. Cada nota parece estar cuidada hasta el más mínimo detalle expresivo, delimitado siempre con más erudición que pasión. Zukerman, el violinista tranquilo, persigue la belleza de cada sonido, su dulzura y la perfección de sus límites, sin dar la sensación de anhelar la trascendencia estética. Desde este punto de vista, alguien puede tener la tentación de ver en su propuesta una cierta frialdad. No es un hombre arrebatado por la pasión; esto es cierto, pero su conocimiento técnico del violín y su concepción sonora bien pueden situarle entre uno de los más grandes violinistas que hayan existido.

Sin estar a su sombra en absoluto, Iván Fischer dirigió a la Orquesta del Festival de Budapest con indudable talento. Maestro y conjunto se conocen de sobra. Fue el propio Fischer quien lo fundó en 1983.  Se trata pues de un instrumento perfecto para las ideas de un director de gran personalidad, que diseñó la velada a su gusto y forma. Resultó muy significativa la manera de situar la orquesta. Poner a los contrabajos detrás del conjunto y no a la derecha del escenario es un detalle organizativo que, en nuestra opinión, marcó profundamente la estética de las obras y su sonoridad, precisamente por su profundidad: por sus graves, que estuvieron siempre muy presentes. Esto proporcionó un cierto dramatismo de fondo a la Obertura "Coriolano" de Beethoven y a la "Segunda Sinfonía" de Brahms, pero también les restó algo de elegancia y refinamiento sonoro, por lo menos en una sala como la del Auditorio de Oviedo. Fischer dirigió la Obertura de Beethoven con gran convicción, totalmente convencido de que alterar su fraseo no es óbice para hacer atractiva la obra. Y con razón. La calidad del conjunto hizo de la lentitud un mérito, y de los momentos orquestales más enfáticos, una auténtica delicia expresiva. La versión adoleció de una cierta rigidez, que se compensó con enjundia expresiva, eficacia técnica y rotundidad sonora. Algo parecido sucedió con la obra de Brahms, magníficamente resuelta en su estructura general pero algo tosca si la miramos de cerca.  La propina, una más que adecuada "Tritsch Tratsch Polka op. 214" de Johann Strauss II redundó en la rotundidad y franqueza expresiva de un conjunto de sonoridad opulenta, profunda y generosa.

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